Despilfarro. El escándalo global de la comida
| Actualidad VivaLeBio - Consumo rebelde |
"En los países ricos sólo comemos el 70 por ciento de lo que compramos. El resto va a parar a la basura" , afirma Tristram Stuart en ´´Despilfarro". El freeganismo, una nueva alternativa contra nuestro voraz consumismo.
Sólo con la comida que desperdician EE.UU. y Europa se podría solucionar el problema del hambre en el mundo entre tres y siete veces y evitar la pérdida diaria de más de 25.000 vidas humanas. Si los países desarrollados, aún nadando en la abundancia, ahorraran una parte lógica de lo que despilfarran y los estados pobres redujeran sus pérdidas posteriores a la cosecha, estaríamos hablando de veintitantas. El problema no es la falta de alimentos, sino lo que hacemos con ellos.Lo afirma y demuestra Tristram Stuart en ´´Despilfarro`` (´´Waste``. Penguin, Londres, 2009 - ´´Despilfarro``. Alianza Editorial, Madrid, 2011), publicado en España el pasado mes de julio y abanderado por Intermón Oxfam en el marco de su nueva campaña CRECE, que denuncia el mal funcionamiento del sistema alimentario mundial y pretende acabar con el hambre en el mundo hoy y siempre. Son casi 1000 millones de personas los que la padecen.
Historiador e investigador inglés (Londres, 1977) asociado al Centro de Historia Medioambiental de la Universidad de Sussex y autor de ´´The Bloodless Revolution: Radical Vegetarians and the discovery of India``(´´La revolución sin sangre: Los vegetarianos radicales y el descubrimiento de la India``, Harper Collins Ltd, 2006), Stuart ejerce desde hace tiempo de agitador de conciencias a través de colaboraciones regulares en varios medios de comunicación británicos, manteniendo una chispeante página web o, por ejemplo, invitando a arroz y curry de verduras -elaborados ambos con productos desechados- a 5.000 personas en Trafalgar Square.
Ahora triunfa con ´´Despilfarro``, ensayo con el que ha obtenido el premio noruego de desarrollo sostenible y medio ambiente Sophie 2011, entre otros motivos, ´´por su innovadora, enérgica, divertida y reflexiva contribución a la concienciación sobre uno de los escándalos más palpables de hoy en día relacionados con el medio ambiente y la moral: el desperdicio de alimentos``, lectura clave para entender lo que está sucediendo con la alimentación en el mundo. Información, datos y hechos sorprendentes, con frecuencia difíciles de creer, que nos bajan de un tirón a la realidad.
El despilfarro no es novedoso, constata. El ser humano viene extralimitándose desde el principio de los tiempos. Ha practicado cuantas orgías gastronómicas se le han puesto por delante (describe alguna aberrante) y, curiosamente, el exceso ha sido el fundamento de su éxito, todo lo que llamamos ´´civilización`` ha dependido de él. Los tiempos de bonanza favorecieron la reproducción de nuestra especie. Tuvimos a nuestra disposición toda la megafauna, los grandes animales, y nos los comimos. Luego proseguimos la masacre con los más pequeños hasta que no nos quedó más remedio que buscar otras fuentes de alimentación, lo que nos llevó a asentarnos, a domesticar a los que quedaban y se prestaban a ello y a practicar la agricultura y la ganadería.
Pero también hemos sido austeros, subraya, hemos padecido hambrunas y carencias, y contamos con una memoria genética de la comida que nos hace valorarla, cuidarla y conservarla. Lo preocupante es nuestra sistemática y desproporcionada irracionalidad actual. ¿De dónde viene esta nueva cultura de la superabundancia?, se pregunta.
Tristram Stuart no se limita a la denuncia y el análisis. También aporta posibles soluciones avaladas por científicos y expertos en cada materia, revulsivos, enmiendas...todo ello en un tono positivo y optimista que aligera la lectura del libro. Sabe que el problema es grave, pero entiende que el margen para resolverlo es enorme.
Los contenedores de basura de los supermercados, una caja de sorpresas
La filosofía de Stuart encaja en el ´´freeganism``, o freeganismo: gente concienciada que ha optado por un estilo de vida libre de consumismo y despilfarro y de sus terribles impactos sobre el medio ambiente y la sociedad. Entre otras formas de protesta, muchos freeganistas practican el ´´urban foraging`` o el ´´dumpster diving`` (´´skipping`` en el Reino Unido): hurgar en la basura, en los contenedores de supermercados y de otros comercios cuando echan el cierre para hacer acopio de lo que encuentran, para alimentarse de ello. Y, como nos describe el autor, lo que hallan puede ser sorprendente:
Al principio, confiesa, le daba corte llevarse comida que podía hacer falta a verdaderos indigentes. Hasta que visitó, guiado por uno de ellos, la dársena subterránea situada bajo los grandes almacenes Sainsbury´s. La respuesta de Spider, su anfitrión, terminó por aclarárselo: ´´No lo entiendes, colega. Si todos los sin techo del país vinieran a buscar aquí su comida, seguiría habiendo para tí``. Algo fallaba estrepitosamente en el sistema.
Conviene explicar que aunque el término freegan proceda del cruce de ´´free`` (gratis) y ´´veganism`` (veganismo = ningún tipo de consumo animal, de procedencia animal o testado en animales), no todos los freeganistas son veganos (de hecho, el propio Stuart come carne, aunque moderadamente por sus negativos impactos económicos, sociológicos y medioambientales), por lo que se echa en falta una expresión más exacta que defina esta nueva forma de guerrilla urbana opuesta a una sociedad basada en el consumismo desaforado.
´´Despilfarro`` nos obliga a cuestionarnos el funcionamiento del mundo feliz con pies de barro que hemos creado. La extraña lógica humana de producir casi el doble de la cantidad de alimentos que necesitamos y tirar un tércio del total tiene sus consecuencias.
La primera es ética: Stuart no establece una relación de causalidad directa atendiendo al consumo, sino al despilfarro: ´´En un mercado global de alimentos susceptibles de comercio internacional, todos, tanto los países ricos como los pobres compramos alimentos esencialmente en las mismas fuentes. Si los países ricos compran cientos de millones de toneladas de alimentos y acaban tírándolos a la basura están retirando gratuitamente del mercado alimentos que podrían haber permanecido en él a disposición de otras personas``. Obviamente, en el mercado global, las interrelaciones e interacciones son muchas más.
Y la segunda es, decididamente, estúpida: destrozamos con grosera eficiencia el planeta (se calcula que ya hemos reducido el capital natural del mundo en dos tercios); perdemos biodiversidad (desaparecen especies de animales, plantas y árboles que ni siquiera conocemos) a marchas forzadas ; convertimos la agricultura en una amenaza (no se puede transformar el suelo en una fábrica de alimentos, de hecho, la tierra, contemplada en altura, se asemeja ya a una pelota cosida con retales) y un largo etcétera de despropósitos... Y todo, para que una gran parte de los alimentos acaben en el cubo de la basura: En los países ricos se desechan más de la mitad de los recursos alimentarios producidos, mucho antes incluso de llegar a los consumidores, por no superar unos estándares comerciales. Mientras en los países en vías de desarrollo el desperdicio de alimentos se sitúa entre el 30 y el 40 por ciento por falta de infraestructuras para conservarlos, afirma.
Sin embargo, la moneda tiene otra cara. Podemos recuperar extensión forestal y revertir el efecto invernadero, lograr que disminuya la agresión a los ecosistemas y modificación del clima, establecer reservas marinas y, si no cultivar nuestra propia comida -que seríalo ideal-, siempre podemos comprar directamente al agricultor o acudir los mercados locales, con lo que evitaremos de paso el traslado de comida ("food miles").
Antes de aportar ideas, Stuart diagnostica los males, viaja por el mundo y se entrevista con los distintos actores de la cadena alimentaria, en cada eslabón encuentra virtudes y defectos.
El consumidor, el mayor derrochador y la pieza clave para el cambio
Un estudio de la Universidad de Cardiff sugiere que el 5 por ciento de los recursos alimentarios se despilfarran en el sector de la agricultura, el 7 por ciento en el procesado y distribución, el 10 por ciento entre los minoristas y el 33 por ciento entre los consumidores. El consumidor es, pues, el eslabón central y el mayor derrochador de la cadena.
Por qué? Es evidente que el individuo es inducido a consumir por medio del marketing, la publicidad, y que también los supermercados saben cómo explotar su instinto de acumulación. Cuando llenamos el carrito de la compra ya deberíamos saber que como mucho, vamos a comer el 70 por ciento de lo que compramos. Los psicólogos de la alimentación denominan a esta obsesión por tener la nevera llena "el síndrome de la buena madre", que también es un símbolo atávico de estatus, de prestigio.
El problema, según Stuart, es que "los consumidores opulentos del mundo occidental se han disociado de lo que es realmente la comida... Hemos empezado a considerar su despilfarro únicamente en función de lo que nos podemos permitir, sin pensar en el planeta ni en el resto de personas que lo habitan. Pero la tierra es finita y sus partes están interrelacionadas. Actualmente los ricos adquieren los alimentos ofreciendo por ellos más dinero que los pobres, a veces para despilfarrarlos."
Stuart insiste en que la concienciación es necesaria, puesto que el consumidor puede ejercer un papel esencial para romper esta tendencia, ya que los demás protagonistas de la cadena (productores, distribuidores, comercios, etc) son sensibles y receptivos a sus señales, a sus quejas. Si, debe ser el consumidor consciente el que decida.
La propuesta de Stuart se resume en las tres R: Reducir, Redistribuir y Reciclar.
Lo primero, y más importante, es ajustar la producción al consumo, y nuestra demanda a nuestras necesidades reales, dejar de crear excedentes y desperdicios, evitando así el gasto de recursos y la presión sobre el medio ambiente.
La segunda prioridad, cuando se crean excedentes, es que todo lo que pueda ser alimento humano sea consumido por las personas, lo que significa donarlo y redistribuirlo.
Y la tercera, el reciclaje. Incluso cuando se hayan agotado todas las vías para su uso primordial, la comida sigue teniendo un gran potencial, tanto para alimentar al ganado como para descomponerse en plantas de digestión anaeróbica y producir calor, energía y compost. ´´La práctica actual de depositar la comida en vertederos es la peor forma posible de afrontar el problema y constituye uno de los casos más claros de desperdicios de recursos".
Junto a esta triple receta infalible, el libro también proporciona "instrucciones de uso" y recomendaciones específicas para todos y cada uno de los componentes del ciclo alimentario: padres, consumidores, gobiernos, minoristas, supermercados, fabricantes y procesadores, cafeterías, restaurantes, establecimientos de comida rápida, tiendas de conveniencia, tiendas de sandwiches, pescadores, ganaderos, agricultores...
´´Despilfarro`` es, sin ninguna duda, un trabajo exhaustivo y un manual valioso que se ocupa tanto de los aspectos "macro" como de la intrahistoria y de las aparentes minucias, que resultan, una vez más, no ser tales.
El escándalo de los descartes cosméticos. Más datos para llorar...
-Supermercados Asda exige que todas las zanahorias sean rectas para que los clientes puedan pelarlas enteras con un solo movimiento. -Los supermercados imponen a los productores "descartes cosméticos": si una zanahoria no brilla, si no es lo bastante naranja o de un tamaño determinado, si tiene alguna mancha, protuberancia, o si está hendida o se bifurca no la consideran apta; si las lechugas no son lo suficientemente redondas o tienen algo de tierra, si las manzanas son demasiado rojas, si los guisantes no son lo dulces que se desearía, lo mismo; una cosecha entera de espinacas se tirará si contiene algunas briznas de hierbas inocuas, inocentes. -La consecuencia de los "descartes cosméticos" para los agricultores es que han de sembrar muy por encima de lo que van a vender para poder cumplir las condiciones exigidas: por cada lechuga consumida se han tirado dos. Por cada zanahoria adquirida el comprador paga para que se deseche al menos otra. -La normativa europea acompaña al despilfarro agrario: en el verano de 2008 un mayorista británico se vio obligado a tirar 5.000 kiwis por tener 4 gramos menos que el estándar comunitario, 1 mm menos de diámetro. Este es el tipo de criterio aplicado a los productos de consumo más comunes. -Las exigencias de "descartes cosméticos" se extienden a los países en desarrollo y pobres: bananas demasiado rectas o demasiado curvas, etc. se tiran. -Paradójicamente la fecha de caducidad y "consumir preferentemente", exceptuando casos estrictos concernientes a la primera leyenda, hacen más mal que bien, confunden al consumidor y el minorista las utiliza torticeramente, incluso retira productos de la venta cuando se aproxima la fecha, en lugar de ofertarlos a menor précio.
-El coste de mercado de este despilfarro ha de añadirse al precio del producto y, por tanto, lo pagan los consumidores.
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Por: Carlos Forteza.
VivaLeBio Magazine.
www.vivalebio.com
Fotos extraídas del blog del autor: http://www.tristramstuart.co.uk/
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